Desafiamos el desarrollo estableciendo conexiones cognitivas donde el sistema no sea imprescindible

De Juan Domingo Farnos

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Perspectivas desde el estudio realizado por Capgemini Consulting y el MIT sobre el impacto de las tecnologías digitales ayudan a establecer que la mayoría de las empresas están tomando medidas AIM Pocos están capturando los beneficios reales de negocio. Los que lo hacen, tienen una “ventaja digital” — Llamado Vencidas Masters digitales — dominando el “qué” y el “cómo” de la Transformación Digital para impulsar una mayor rentabilidad y crecimiento.

Las evolucionan por su Capacidad digital, es decir, tomando iniciativas tecnológicas habilitadas “qué” para mejorar el compromiso con el cliente y las operaciones internas, reinventan los modelos de negocio.

Capacidad de liderazgo, el “cómo”, es decir, capacidades incluyendo la visión, el buen gobierno, el compromiso organizacional y las relaciones de negocios-IT
Más concretamente, el estudio encontró que los maestros digitales superaron el rendimiento promedio de la industria en un 9% se devuelve eficiencia de generación en un 26% y la rentabilidad.

Eso hoy por hoy en educación ni nos lo planteamos en el mejor de los casos y en el peor, ni hemos oído hablar de ello (La educación siempre llega tarde de Juan Domingo)

¿Significa esto que tenemos que olvidarnos de la escuela? Ciertamente no. Pero sí significa que, además de docentes bien preparados y de planes de estudio suficientemente flexibles y actualizados, precisamos de agentes culturales que nos ayuden a explorar las posibilidades que encierra este nuevo mundo, que nos permitan anticipar sus oportunidades y sus riesgos, y que nos ayuden a identificar algunos de sus principales mecanismos.

Las nuevas tendencias globalizadoras obligan a repensar el modo en que debemos preparar a las nuevas generaciones para insertarse en la vida política, económica, social y cultural. La respuesta habitual consiste en decir que el sistema educativo debe ocuparse de esta tarea. Pero hay razones para pensar que el sistema educativo tal como lo conocemos siempre llegará tarde frente al enorme potencial de innovación del mundo extraescolar. Dos estrategias se proponen. Involucrar en la tarea a al menos parte del mundo extra-escolar (más específicamente, a la cultura) y redefinir los límites entre lo que pertenece al mundo escolar y lo que queda fuera.

Si no queremos perjudicar seriamente a nuestros hijos ni a nuestros nietos, deberemos darles una educación que les permita entenderse con personas de otras partes del mundo, que los ponga en condiciones de acceder a las nuevas tecnologías de la comunicación, que los haga capaces de responder de manera fértil al fenómeno de la diversidad cultural, y que los prepare para una vida laboral en la que los cambios de empleador y los desplazamientos geográficos serán frecuentes.

¿Cuál es la solución a este problema? La respuesta estándar consiste en decir que la educación formal debe preparar a los miembros de las nuevas generaciones para el mundo que está naciendo. Pero hay buenas razones para pensar que, en este terreno, la educación siempre llega tarde.

En primer lugar, la educación llega tarde porque pasa demasiado tiempo entre el momento en que se producen las novedades, el momento en que se desarrollan interpretaciones que nos permitan entenderlas razonablemente y el momento en que se consigue transmitir esas interpretaciones a las nuevas generaciones de docentes.

Este proceso funcionó con fluidez durante muchas décadas, pero ahora no hay tiempo material para reproducirlo. Los cambios se producen con demasiada rapidez como para que se pueda responder a ellos desde los planes de estudio.

La escuela no puede prepararlos para un futuro contacto con la globalización, sino que, en términos generales, sólo puede reaccionar ante un contacto que ya se ha producido o ya se está produciendo. Desde el punto de vista de los alumnos, primero está el contacto con el mundo globalizado y después está el contacto con la escuela. Pretender invertir los términos es sencillamente una quimera.

En consecuencia, si queremos darle un mejor equipaje cultural a los miembros de las nuevas generaciones (y si queremos proporcionárnoslo a nosotros mismos) el primer frente de ataque no estará en la institución escolar sino fuera de ella, más precisamente en ese terreno difuso pero decisivo al que llamamos cultura. El desafío es cómo desarrollar una nueva sensibilidad, cómo reforzar nuestra capacidad de establecer conexiones entre hechos, cómo modificar nuestras categorías de análisis, de modo tal que la inevitable inmersión en el mundo globalizado no nos hunda en el desconcierto y en la irracionalidad colectiva.

La cultura como respuesta:

— — ¿Qué ocurrió cuando los antiguos griegos se hicieron buenos marinos, se adentraron en mares hasta entonces desconocidos y fundaron colonias lejanas? Ocurrió que los bardos empezaron a cantar poemas que hablaban de largos viajes, de la variedad geográfica y humana, de las reacciones de los individuos ante el peligro y de las consecuencias de las grandes ausencias sobre la vida de las personas.

— — ¿Qué pasó cuando los romanos construyeron las primeras ciudades verdaderamente grandes, alcanzaron niveles de bienestar que significaban una fuerte ruptura con la vida rústica e hicieron posibles acumulaciones de riqueza y de poder desconocidas hasta entonces? Ocurrió que los poetas y comediantes se preguntaron si el abandono de la vida rústica era una pérdida o una ganancia, e indagaron sobre la influencia del dinero y del poder en la vida de los hombres.

— — ¿Qué ocurrió cuando los europeos terminaron de darse cuenta de que habían descubierto un inmenso continente y se lanzaron a explorarlo y conquistarlo? Ocurrió que las artes plásticas se poblaron de animales y de frutos desconocidos hasta entonces, y que los pensadores y literatos empezaron a preguntarse sobre la posibilidad de fundar nuevas formas de convivencia en medio de una naturaleza incontaminada.

— — ¿Qué ocurrió cuando una combinación de educación y desarrollo tecnológico hizo posible avizorar un futuro pautado por la democracia de masas y por una economía altamente industrializada? Ocurrió que Walt Whitman le cantó a la electricidad, a la potencia de los motores y al ciudadano capaz de decidir su propio destino, en un tono que sólo se había utilizado hasta entonces para cantarle a los héroes militares o a las fuerzas de la naturaleza.

— — ¿Qué ocurrió cuando Einstein desarrolló la teoría de la relatividad e introdujo ideas absolutamente ajenas a la física newtoniana, como la posibilidad de viajar en el tiempo?

Ocurrió que esas ideas fueron recogidas por los maestros de la ciencia-ficción, y a través de ellos se volvieron mínimamente comprensibles para millones de lectores y de espectadores carentes de formación científica. Y ocurrió también que el surrealismo nos forzó a ampliar los límites de nuestra sensibilidad, devolviéndonos imágenes del mundo que se parecían muy poco a las que habíamos visto hasta entonces.

Pero tal vez debamos empezar a pensar que buena parte de esos recursos no están dentro del sistema educativo sino fuera de él. Más precisamente: en ese mismo mundo de la cultura que nos presenta tantos desafíos. Ver al sistema educativo como una fortaleza que debe resistir los embates del mundo exterior no sólo es una actitud demasiado defensiva, sino probablemente una actitud que nos lleve al fracaso. Porque ES FUERA DEL SISTEMA EDUCATIVO donde se producen las mayores innovaciones, donde se desarrollan las nuevas destrezas y donde opera mucha gente que tiene cosas para enseñar y para transmitir.

Por eso, si nos abroquelamos en sistemas educativos cerrados, nos condenaremos a llegar siempre tarde. No se trata de mimetizarse con lo que pasa fuera de la escuela (seguramente una mala estrategia) sino de movilizar los recursos que allí se encuentran para dar una mejor respuesta educativa.

JUANDON

Investigador y docente en e-learning, tecnologías educativas y gestión de l conocimiento, online facilitator.

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